jueves, 8 de noviembre de 2012

Galadriel - parte 2


Había dado mil vueltas a la habitación.  Permanecía allí desde lo ocurrido en el hall, hacía bastantes horas, sin saber que iba a pasar después ni a qué atenerse. Aquella larga espera le estaba matando. Escuchar la puerta abrirse o escuchar tras ella la voz del vampiro le aterraba. Significaría que ya estaba hecho, el trato habría concluido y él vendría a cobrarse lo que ahora era suyo. La imagen del vampiro volvía a su cabeza una y otra vez. A pesar de la oscuridad que prevalecía en aquel lugar, su memoria lo recordaba perfectamente. Recordaba su pelo oscuro cogido tras la nuca, su porte gallardo, alto, fuerte. Pero sobre todo recordaba su cara. Recordaba perfectamente su mentón acentuado señalando hacia ella cuando le miraba, su sonrisa torcida, pero en especial sus oscuros ojos plateados, fijos en ella. La imagen de él entrando hacia ella para matarla le estaba enloqueciendo y producía que deseara huir ansiosamente de allí. Tras varios intentos desesperados  por abrir la puerta y encontrar una salida, ya se había hecho a la idea de que estaba confinada. Se paró frente a la ventana y se dedicó a mirar las gotas de la lluvia resbalando por la vidriera de colores azules oscuros. Tras las gotas se podía ver el camino por el que había llegado hasta allí. Galatea pensó que seguramente se había comportado de una manera estúpida. Seguramente había otras formas de solucionar el problema. El hecho de no saber de cuánto tiempo disponía  le había catapultado hacía aquel lugar, así que al fin y al cabo probablemente había hecho lo correcto. O quizá era incluso demasiado tarde e iba a morir en vano.  Ahora estaba encerrada en ese lúgubre y oscuro castillo, viviendo las que eran probablemente sus últimas horas. Un vampiro vivía en él. El mismo que la mataría cuando cumpliera con el trato. Una de las muchas y disparatadas leyendas que se escuchaban sobre aquel lugar era que allí ciertamente  vivían vampiros, pero Galatea realmente no había pensado que fuera cierto. Hasta ahora.

-A veces las leyendas no son leyendas sino realidad… -dijo en un susurró bajando la cabeza y mirándose la manos. Sentía su sangre corriendo por las venas. Realmente la situación le parecía muy surrealista. No podía hacerse a la idea de que su vida acabaría. Parecía algo que no iba a pasar, pero el recuerdo de que era verdad le hacía volver violentamente a la realidad.

La puerta se oyó tras su espalda con un portazo seco. Galatea se giró bruscamente pero no había nadie. Miró por la habitación, buscó con la mirada por todos los rincones pero no encontró a nadie. La luz de la velas de los candelabros proyectaban sombras que cambiaban de forma y parecían venir a por ella. La lluvia golpeaba en la ventana, produciendo un sonido tal que parecía que llamaban al cristal desde fuera. Los colores rojos de las cortinas y paredes de la habitación le vaticinaban la muerte, el derramamiento de su sangre. Galatea no aguantaba más. Cayó de rodillas y acabó sentada en el suelo. Era su fin. Se tapó los ojos con las manos y esperó.

-¡Hazlo de una maldita vez! – gritó. Pero no obtuvo respuesta. No se escuchaba ni un solo ruido. Ni pasos. Quizá solo era un juego para asustarla. Quizá solo habían abierto la puerta para asustarla y prolongar la agonía. Quizá estaba enloqueciendo y su mente había creado el sonido del portazo.

Si el vampiro estuviera allí dentro con ella seguramente ya habría sido mordida. No está, pensó Galatea. No. No está. Finalmente, decidió apartar sus manos de los ojos. No había nadie. No. Sus ojos ya no estaban tapados por sus manos pero seguían cerrados. No está. Volvió a pensar para sí.

- De momento estoy a salvo. –susurró y abrió  los ojos.

-¡No! – gritó ahora, ya que lo primero que había visto al abrir los ojos era una cara pálida y alargada frente a la suya, con ojos plateados y puestos en los suyos.

Tras el fuerte alarido de Galatea, se levantó como pudo y corrió hacia el rincón opuesto al que se encontraba antes. Su corazón latía desbocado y el terror invadía su cuerpo. ¿Quién era él?, se preguntaba en el corto periodo de tiempo que había tenido para correr hasta el otro lado. Se giró. El hombre permanecía al lado de la ventana, ahora erguido, mirándola desde el mismo lugar donde lo había encontrado. Permanecía silencioso, mirándola sin hacer gesto alguno. Su apariencia le recordaba a un cuervo. Él hombre era delgado y alto, ataviado con traje negro y sombrero de alta copa del mismo color. Parecía que esperaba a que Galatea le hablara. Este no era el mismo que le había recibido en el hall. ¿Quién demonios es? Se preguntaba Galatea. Tenía los mismos ojos. Era un vampiro, al igual que el otro. Podía sentir la misma aura inestable y peligrosa. Este vampiro era unos cuantos años mayor que el otro, o al menos eso parecía. Mientras éste aparentaba tener alrededor de los cuarenta años, el otro parecía diez años más joven. Su cara mostraba marcas del tiempo. Seguía parado, sin pronunciar palabra.

-¿Quién eres?– dijo Galatea controlando su voz, intentando no alzarla para no alterarlo -¿Qué haces aquí? – preguntó ahora tajante.

El vampiro ahora suavizó el gesto de su cara, sonriendo de forma cortés y quitándose el sombrero. Su pelo era oscuro y corto, peinado hacia atrás.

- Vaya. Perdona por mi falta de educación, es la falta de costumbre ya que no tenemos invitados con mucha frecuencia. Me llamo Rafael – dijo con voz pausada y tranquila- He supuesto que tendrías hambre así que ordené que te prepararan algo y te lo he traído en una bandeja. Perdona a mi hermano, es muy desconsiderado con las visitas. –dijo cogiendo la bandeja para acercarla hasta ella.

-No te acerques – dijo casi gritando, cogiendo el candelabro que tenía a mano a modo de arma para defenderse – No soy idiota.

Rafael se detuvo, soltando una risa entre dientes, esperó unos segundos a que ella se calmara un poco y continuó avanzando hacia ella. Dejó la bandeja en una mesilla junto a la cama.

-Tranquila. No voy a hacerte daño. Podría haberte matado antes y no lo he hecho, así que baja eso. Ahora mismo eres como una pertenencia de mi hermano y he de decir que es algo obsesivo con sus cosas.

Galatea se sintió ahora patética. Él tenía razón. Antes había tenido la oportunidad de matarla y no lo había hecho. Dejó el candelabro donde estaba y bajó un poco la guardia, aunque permanecía en el rincón. Así que para ellos soy como un objeto, algo que pertenece a alguien, pensó. Se dejó caer hasta el suelo para sentarse en él, apoyando la espalda contra la pared. 

-¿Cuánto me queda? – preguntó, sobreentendiendo que Rafael sabía lo que iba a suceder con ella.

- Eso depende de Galadriel – dijo sin dar mucha información.

- Así que ese es su nombre… – dijo Galatea tras una pausa.

-Así es. No sé por qué y para qué estás aquí exactamente, pero me lo puedo imaginar. Tu estancia aquí puede ser  corta o larga, todo depende de Galadriel y de que a él le apetezca que sigas viva. Es tan impredecible que no sabría decirte lo que va a hacer contigo. Sea como sea, no alargues la espera. Duerme lo que puedas para que el tiempo pase rápido. He de irme ya – dijo dirigiéndose hacia la puerta. Casi con el pomo de la puerta en la mano, se detuvo para despedirse. -  Ha sido un placer, señorita…

-Galatea.

Rafael sonrió y salió de la gran habitación. El portazo se escuchó de nuevo.





Las grotescas risas ya se escuchaban fuera. Cuatro hombres andrajosos y ebrios entraron por la puerta de la mugrienta casa de piedra donde Galadriel los esperaba sentado. Al verlo, los cuatro hombres dejaron de reír, perplejos de ver que alguien les esperaba.

- Por fin estáis aquí. Ya empezaba a impacientarme. ¿De qué os reíais? Yo también quiero reírme – dijo Galadriel en tono  tranquilo pero burlón.

-¿Quién demonios eres tú?  - dijo algo alterado el primer hombre que había entrado a la casa. Era bastante alto y gordo, seguramente el líder de grupo.

- Veamos… quiero algo que tenéis… y por supuesto, me lo vais a dar.

Los cuatro estallaron en carcajadas al ver el tono arrogante con el que les hablaba, mientras que Galadriel permanecía quieto y tranquilo, esperando los movimientos de los hombres. Él sabía que no iba a conseguir lo que quería por las buenas, así que tenía muy claro lo que debía hacer.

- ¿Por qué te íbamos a dar algo nuestro idiota? No sabes lo que has hecho al meterte aquí – dijo el segundo. Los cuatro sacaron sus dagas a modo de amenaza. - ¿Qué tal si te abrimos el cuello para que dejes de molestarnos con tus estupideces? – sólo el segundo se adelantó, daga en mano, hacía él, dispuesto a atacar a Galadriel.

Empieza el juego, pensó Galadriel. Mientras el hombre se acercaba apuntando con la daga a Galadriel, él permanecía inmóvil esperando a que se acercara. Cuando el hombre pensó que ya estaba lo suficientemente cerca, lanzó el primer ataque. Había sido rápido, pero para su sorpresa, su oponente le había cogido la muñeca que sostenía el puñal antes de llegar siquiera a rozarle, y con la otra había pegado un puñetazo a su codo, partiendo el hueso. Los gritos de dolor empezaron a brotar de la garganta del segundo hombre. Tras romperle el brazo y sin soltarlo, Galadriel lo cogió del cuello, levantándose, elevando en el aire al ladrón con una sola mano. Mientras, los otros tres quedaban anonadados, inmóviles, observando la situación, escuchando los gritos de dolor de su compañero.

- Creo que eres tú el que me molesta con tus gritos y estupideces – Galadriel espetó, poniendo ahora también la otra mano en la garganta de su víctima, apretándola.

En unos segundos nadie dijo nada. Solo se escuchaban gritos ahogados, sollozos de dolor y miedo del hombre que iba a morir. Intentaba zafarse de las manos que lo ahogaban pero no lo lograba. Galadriel lo miró a la cara y le dedicó una sonrisa. Los ojos del hombre que colgaba de sus manos parecían que iban a salirse de sus cuencas, cuando de repente, el sonido de huesos rotos se escuchó llenando la sala y el sonido de los sollozos y gritos ahogados se detuvo. Galadriel había aplastado la garganta de aquel hombre con sus propias manos, dejándolo caer al suelo, sangrando por la boca, inerte. Los otros tres hombres habían permanecido quietos y ahora observaban con espanto el cadáver de su compañero y a su asesino.

- ¿Alguien más quiere venir a intentar acabar conmigo? –soltó Galadriel a los tres hombres.

-¿Qué quieres exactamente? – soltó el que parecía el líder.

- Con vosotros debe viajar una chica, a no ser que ya la hayáis matado. Vengo a por ella.

- Sí. Viene con nosotros. ¿Eso era lo que querías? –Dijo bufando - Lo podrías haber dicho antes, te la hubiese regalado de buena gana y nos hubiéramos ahorrado todo esto. La llevamos desde hace unos cuantos días y ya solo es un estorbo inservible. Lo único por lo que la manteníamos viva era porque al que acabas de matar le gustaba “jugar” con ella. – Se giró hacia el último hombre que había entrado – Tú, tráela.  

Él hombre salió fuera hacia un cobertizo pequeño que había junto la casa, donde la habían dejado atada al llegar. Mientras tanto, Galadriel esperaba dentro con los dos hombres restantes.

- Una vez obtengas a la chica te irás. ¿No es así? – dijo el primer hombre, que ansiaba terminar con el asunto.

-Supongo.

Galadriel empezó a merodear por la casa, que prácticamente se componía de la única habitación en la que se encontraban ahora. Estaba llena de polvo y basura, aunque había un rincón lleno de sacos. Supuso que contenían objetos robados, frutos de saqueos a pueblos pequeños, como era la costumbre de esa clase de grupos.

La chica fue arrastrada hasta la sala, dejándola tirada en el suelo frente a Galadriel. Galadriel le echó un vistazo, comprobando que estaba en malas condiciones. Llevaba un sucio vestido largo rajado por muchas zonas, que dejaba al descubierto sus brazos llenos de hematomas y mugre.  La chica alzó la cabeza para verlo, con el entrecejo fruncido en un gesto de incertidumbre mezclado con rabia y miedo. Era muy parecida a la chica que le había pedido ayuda, la que era su hermana mayor, Galatea. Las dos tenían los ojos azules y los labios pequeños y rojos. También compartían el pelo largo castaño y ondulado.

- Vete a tu casa – le dijo a la chica, que por unos segundos no reaccionó. Al comprobar que verdaderamente se dirigía a ella se levantó trastabillando y corrió hacia la puerta sin decir nada.

Galadriel avanzó hasta la puerta, apoyándose en el marco para ver cómo la chica se alejaba corriendo de allí. Cuando ya la perdió de vista se giró hacia los tres hombres. El jefe estaba justo tras él mientras los otros dos merodeaban por la casa, revisando que estuviera todo, mirando de reojo el cadáver de su camarada y el charco de sangre que había dejado.

-Bueno, lárgate de una vez, ya te hemos dado lo que querías.

-Sabes, no me gusta dejar cabos sueltos. – dijo Galadriel, cerrando la puerta de la casa y avanzando lentamente hacia el hombre que tenía delante. Los otros dos dejaron lo que estaban haciendo y volvieron a coger sus armas, ya que esta vez no se iban a quedar mirando.

El jefe del grupo se puso a la defensiva, retrocediendo al mismo tiempo que Galadriel se acercaba, buscando con mirada nerviosa algo que le fuera útil para defenderse. Finalmente, llegó hasta la mesa cuadrada que estaba en medio de la estancia y buscando con la mano encontró una pequeña hacha que levantó y puso entre sí mismo y el hombre que avanzaba hacia él. Empezó a mover el hacha de manera desesperada, con movimientos rápidos y en todas direcciones, intentando espantar a Galadriel. Galadriel se detuvo y rió.

-Me encanta ver vuestras caras cuando sabéis que estáis acorralados y qué vais a morir. Me resulta gratamente divertido.

Reanudó su marcha y el hombre gritando y enloquecido se abalanzó con el hacha sobre él. Galadriel con un movimiento rápido  cogió la mano que portaba el hacha, parándola instantáneamente,  y movió la mano hacia el hombre, haciendo que él mismo se cortara el cuello. La sangré le salpicó la ropa y empezó a resbalar por la garganta. El hombre se desplomó sobre el suelo, sin vida. En ese mismo momento, los otros dos le atacaron simultáneamente. A uno lo esquivo con rapidez, lanzándolo contra la pared de un fuerte empujón. El otro le rozó el brazo con el filo del puñal, produciéndole un agujero en la camisa y una pequeña brecha que había empezado a sangrar.
Galadriel miro su herida y miró a su agresor, airado. Lanzándose sobre él, asió con las dos manos su cabeza y en un seco movimiento lo desnucó y lo lanzó con desprecio a un lado. Se giró rápidamente para localizar al último hombre, pero acababa de salir corriendo por la puerta, huyendo de la muerte. Galadriel no pensaba ir tras él, ya había tenido suficiente.

- Fin del juego –dijo Galadriel observando los tres cuerpos inertes que habían en la habitación.

Se giró para irse, pero antes de hacerlo reparó en algo que brillaba en la mano del cadáver que tenía desplomado en mitad de su camino, el del jefe del grupo. La forma del anillo le sonaba, se parecía mucho a uno que había visto hacía ya muchos años. Giró el dedo que portaba el anillo para verlo por completo, y efectivamente, ese era el anillo que pensaba.  La cara de Galadriel había cambiado al instante, tornándose seria y llena de ira. Empezó a maldecir en susurros pensando en las consecuencias de lo que acababa de hacer. El anillo pertenecía a Narciso, un antiguo vampiro, e indicaba que aquella banda le pertenecía, trabajaba para él. Se había metido en un problema. La muerte de aquellos hombres significaba que recibiría noticias de Narciso próximamente. Y eso nunca era bueno.

-¡Maldición! –espetó Galadriel casi gritando mientras salía de la casa, pegando un puñetazo a la puerta de madera de aquel asqueroso lugar.




Galatea se acercó a la puerta y deseó con todas sus fuerzas que Rafael no hubiera cerrado la puerta. Cuando salió no escuchó el ruido metálico del cerrojo, lo que le hizo dudar sobre si lo había hecho o no. Moviendo el pomo suavemente comprobó que estaba abierta. Galatea pensó en si lo habría hecho a propósito, ya que le parecía un tanto extraño, pero descartó la idea. Ahora tampoco le importaba, lo que más deseaba era escapar.  La euforia le invadía el cuerpo, aunque mantenía el silencio. El calor de la adrenalina comenzó a expandirse. Tenía que salir de allí. Tenía que correr siendo lo más sigilosa posible, ya que si alguien la descubría estaba muerta.

Salió disparada de la habitación. Sus piernas se movían rápidamente por el oscuro pasillo y sus ojos buscaban posibles salidas.  La habitación donde había estado estaba en alto, así que tendría que buscar unas escaleras para bajar. A la derecha las encontró, girando su cuerpo brusca y rápidamente, para tomar esa dirección. Las amplias escaleras la llevaron a un gran salón donde había una larga mesa rectangular con altas sillas de madera. Recordó haber pasado por allí cuando fue llevada a la habitación, tras haber hecho el trato con Galadriel, así que la salida por el hall estaría muy cerca. Finalmente, descubrió la puerta que la conduciría hacia el hall y hacia la salida. Corrió hacia ella sonriendo, pensando que ya casi lo había logrado. Galadriel ya habría liberado a su hermana y para cuando volviera ella ya habría escapado de allí y su hermana estaría a salvo. Las dos se mudarían y llevarían una vida tranquila en otro lugar. Galatea llegó a la puerta deteniéndose apenas unos segundos para empujarla y seguir corriendo. La puerta se abrió, pero al comenzar  a correr de nuevo, tropezó con algo que estaba en su camino, haciendo que se precipitara contra el suelo. Galatea giró la cabeza, con las manos aún en el suelo para descubrir que Galadriel era el obstáculo con el que se había encontrado.

Furioso, la miraba desde arriba con el cuerpo rígido, la camisa manchada de sangre y el gesto enloquecido. Su pelo negro como la noche estaba suelto, humedecido por la lluvia. La sonrisa torcida que tenía la última vez que lo vio había desaparecido dando paso a los labios apretados que revelaban su ira. Los ojos estaban profundamente clavados en ella y el ceño fruncido hacía que su mirada fuera más oscura. Él sabía que ella estaba intentando huir sin cumplir su parte del trato. Ella, que había empezado a temblar, sabía que ya no podía escapar.








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