En el porche medio podrido de una casita de
madera próxima al borde del barranco cerca de Winesburg, Ohio, un
hombrecillo gordo caminaba nerviosamente de un lado a otro. Más allá de
un extenso terreno sembrado de tréboles, el cual sólo había producido
abundantes hierbas de mostaza, el hombre podía ver la carretera por
donde pasaba un carro lleno de recolectores de bayas de regreso de los
cultivos. Eran jóvenes y doncellas que reían y gritaban ruidosamente. Un
muchacho de blusa azul saltó del carro y trató de jalar a una de las
chicas, que en protesta soltó un chillido agudo y penetrante. Los pies
del joven levantaban en el camino una nube de polvo frente al rostro del
sol poniente. A través del vasto campo se dejó oír una voz fina y
aniñada. “Oh, Wing Biddlebaum, peínate, se te cae el pelo en los ojos”,
ordenó la voz al hombre calvo, cuyas manos pequeñas y nerviosas, jugaban
con su frente blanca y desnuda, como si arreglaran una madeja de bucles
enredados.
Wing Biddlebaum, siempre asustado y acosado por una banda fantasmal
de dudas, no sentía formar parte del pueblo donde había vivido durante
veinte años. Entre todos los habitantes de Winesburg, uno solo se le
había acercado, George Willard, hijo de Tom Willard, dueño del New
Willard House, con quien había formado algo parecido a una amistad.
George Willard era el reportero del Águila de Winesburg y algunas
veces, al atardecer, caminaba hasta la casa de Wing Biddlebaum. Ahora
el anciano se paseaba de un lado a otro del porche moviendo las manos
nerviosamente, mientras esperaba a que George Willard viniera a pasar la
velada con él. Cuando el carro en que iban los recolectores se alejó,
cruzó el terreno a través de la alta hierba y, trepando una cerca, miró
fija y ansiosamente a lo largo del camino hacia el pueblo. Permaneció
así unos momentos frotándose las manos y observando la carretera de
extremo a extremo. Luego, vencido por el miedo, regresó corriendo a
pasearse nuevamente por el porche de su casa.
Wing Biddlebaum, que durante veinte años había sido el misterio del
pueblo, perdía un tanto su timidez ante George Willard, y su
personalidad sombría, inmersa en un mar de dudas, emergía para
contemplar el mundo. Con el joven reportero a su lado, se aventuraba a
la luz del día en la calle Main o caminaba de un lado a otro por el
porche deteriorado de su casa hablando excitadamente. La voz baja y
temblorosa se tornaba aguda y fuerte, y la figura encorvada se
enderezaba. Con una especie de coleteo, como del pez que el pescador
devuelve al arroyo, Biddlebaum el silencioso comenzaba a hablar,
esforzándose por poner en palabras las ideas acumuladas en su mente
durante largos años de mutismo.
Wing Biddlebaum hablaba mucho con las manos. Sus expresivos dedos
delgados, siempre activos y luchando incesantemente por esconderse en
los bolsillos o tras la espalda, aparecían para convertirse en las
varillas del pistón de su maquinaria de expresión.
La historia de Wing Biddlebaum es una historia de manos. Su
incansable actividad, como el aleteo de un pájaro aprisionado, le dio su
nombre. Se le ocurrió a algún poeta oscuro de la ciudad.*
Las manos alarmaban a su dueño. Quería mantenerlas ocultas y, en
cambio, contemplaba con asombro las manos inexpresivas y tranquilas de
otros hombres que trabajaban junto a él en los campos o que conducían
tiros de caballos soñolientos por los caminos rurales.
Cuando hablaba con George Willard, Wing Biddlebaum cerraba los puños y
golpeaba una mesa o las paredes de su casa, acción que le hacía
sentirse más cómodo. Si le entraba el deseo de charlar mientras
caminaban por los cultivos, buscaba un tronco o la tabla más alta de una
cerca y, con manos diligentes, hablaba con renovado desahogo.
La historia de las manos de Wing Biddlebaum se merece un libro
aparte. Si se expone con simpatía revelará muchas cualidades extrañas y
hermosas de los hombres oscuros. Es trabajo para un poeta. En Winesburg
las manos llamaron la atención solamente por su actividad. Con ellas
Wing Biddlebaum llegó a recoger hasta ciento cuarenta arrobas de fresas
en un día. Se convirtieron en su rasgo distintivo, en la fuente de su
fama. También provocaron que su personalidad evasiva y grotesca se
hiciera más grotesca aún. Winesburg sentía el mismo orgullo por las
manos de Wing Biddlebaum que por la casa de piedra nueva del banquero
White, o por Tony Tip, el potrillo bayo de Wesley Moyer que ganó dos
contra quince en las carreras de otoño de Cleveland.
En cuanto a George Willard, en diversas ocasiones quiso preguntar
sobre las manos. A veces se apoderaba de él una curiosidad casi
irresistible. Creía que su extraña actividad e inclinación a permanecer
ocultas se debía a un fuerte motivo, y solamente el creciente respeto
que sentía por Wing Biddlebaum le impedía soltar las preguntas que le
venían a la mente.
Una vez estuvo a punto de cuestionarlo. Ambos caminaban por los
campos una tarde de verano y se detuvieron para sentarse en un montón de
hierba. Durante todo ese tiempo Wing Biddlebaum habló como un
inspirado. Se paró junto a una cerca y, golpeando las tablas como un
pájaro carpintero gigante, le gritó a George Willard censurándolo por
permitir que la gente a su alrededor influyera tanto en él.
—Usted se está destruyendo –le gritó–. Se inclina a estar solo, a
soñar, y tiene miedo de los sueños. Quiere ser igual a todos en este
pueblo. Los escucha e intenta imitarlos.
Sentado en la hierba Wing Biddlebaum volvió a insistir sobre el
punto. Su voz se tornó suave, evocadora, y con un suspiro de
satisfacción, se lanzó a una conversación vaga hablando como perdido en
un sueño.
Del sueño, Wing Biddlebaum le pintó un cuadro a George Willard en
donde los hombres nuevamente vivían en una especie de edad de oro
pastoril. Después de cruzar la campiña abierta, verde, llegaron unos
jóvenes bien proporcionados a pie y a caballo. En grupos se colocaron a
los pies de un anciano que les habló sentado bajo un árbol en un
jardincito.
Wing Biddlebaum se inspiró plenamente. Por una vez se olvidó, de sus
manos. Poco a poco se deslizaron frente a él hasta posarse eh los
hombros de George Willard. En su voz aparecía algo nuevo e intrépido.
—Debe procurar olvidar todo lo que ha aprendido –dijo el anciano–.
Debe empezar a soñar. De hoy en adelante no prestará atención a las
voces que rugen.
Wing Biddlebaum interrumpió su discurso y miró prolongada y
vehementemente a George Willard. Sus ojos brillaban. De nuevo alzó las
manos para acariciar al joven y, de repente, una expresión de horror
cruzó por su rostro.
Con un movimiento convulsivo del cuerpo, Wing Biddlebaum se levantó
de un salto y metió las manos hasta el fondo de los bolsillos del
pantalón. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Debo regresar a casa. No puedo seguir hablando con usted –dijo nerviosamente.
Sin voltear hacia atrás el anciano bajó la colina y cruzó un prado
apresuradamente, dejando a George Willard perplejo y asustado en el
montículo de hierba. El muchacho se levantó estremeciéndose de miedo y
caminó por la carretera hacia el pueblo. “No le preguntaré sobre sus
manos”, pensó conmovido al recordar el terror en los ojos del hombre.
“Algo anda mal pero no quiero saber lo que es. Sus manos tienen que ver
con el miedo que me tiene a mí y a cualquiera.”
Y George Willard tenía razón. Veamos rápidamente la historia de las
manos. Es posible que si hablamos de ellas surgirá el poeta que contará
la anécdota asombrosa y oculta sobre la influencia que ejercían las
manos como banderas ondeantes de promesa.
En su juventud Wing Biddlebaum había sido maestro de escuela en una
ciudad de Pennsylvania. En aquel tiempo no se le conocía como Wing
Biddlebaum sino que tenía un nombre menos eufónico, Adolph Myers. Como
Adolph Myers los niños de la escuela lo habían llegado a querer mucho.
Por naturaleza, Adolph Myers estaba destinado a ser profesor de
niños. Era uno de esos nombres raros e incomprendidos que gobiernan por
medio de un poder tan gentil que se confunde con una adorable debilidad.
En su sentir hacia los niños a su cargo, tales hombres no difieren de
un tipo más fino de mujeres en su amor por los hombres.
Y sin embargo, esto se ha dicho de una manera muy cruda. Es entonces
cuando se necesita al poeta. Con los niños a su cargo, Adolph Myers
había caminado por las tardes o se había sentado a conversar hasta el
anochecer en los escalones de la escuela, perdido en una especie de
sueño. Sus manos iban de un lado a otro, acariciaban los hombros de los
niños, jugaban con las cabezas despeinadas. Conforme hablaba, su voz se
tornaba suave y musical. En ello también había una caricia. De alguna
manera, su voz y las manos, las palmadas en los hombros y el jugueteo
con el pelo eran parte de su esfuerzo por transmitir un sueño a las
mentes jóvenes. Por medio del roce de sus dedos se expresaba a sí mismo.
Era uno de esos hombres en quienes la fuerza que crea la vida se
diluye, no se concentra. Bajo la caricia de sus manos la duda y la
incredulidad salían de las mentes infantiles y entonces empezaban
también a soñar.
Y luego la tragedia. Un niño de la escuela, poco inteligente, se
enamoró del joven profesor. Por la noche, en su cama, imaginaba cosas
innombrables y, en la mañana, procedía a contar sus sueños como si
fueran hechos. De esos labios colgantes salían acusaciones extrañas,
repugnantes. Un estremecimiento sacudió a la ciudad de Pennsylvania. Las
dudas ocultas y sombrías latentes en las mentes de los hombres en
relación a Adolph Myers se transformaron en creencias.
La tragedia no esperó. A empujones sacaron de sus camas a los
muchachos temblorosos para interrogarlos. “Me abrazó”, dijo uno. “Sus
dedos jugaban continuamente con mi pelo”, dijo otro.
Una tarde un hombre de la ciudad dueño de una cantina, Henry
Bradford, vino a la puerta de la escuela. Sacó a Adolph Myers al patio y
empezó a darle de puñetazos. Conforme los duros nudillos daban en la
cara horrorizada del maestro, se encolerizaba más y más. Muertos de
susto los niños corrían por todos lados como insectos alborotados. “Yo
le enseñaré a ponerle las manos encima a mi hijo, bestia”, rugía el
dueño de la cantina que, ya cansado de golpear al maestro, había
empezado a patearlo por todo el patio.
Durante la noche obligaron a Adolph Myers a dejar la ciudad de
Pennsylvania. Una docena de hombres con linternas llegaron hasta la
puerta de la casa donde vivía solo y le exigieron que se vistiera y
saliera. Llovía y uno de los hombres llevaba una soga en la mano. Tenían
la intención de colgar al maestro, pero algo en su figura, tan pequeña,
blanca y triste, los conmovió y lo dejaron escapar. Conforme veían al
hombre correr en la oscuridad, se arrepintieron de su debilidad y fueron
tras él, insultándolo y aventándole palos y grandes bolas de lodo,
mientras él gritaba y corría cada vez más rápido en la penumbra.
Adolph Myers había vivido solo en Winesburg veinte años. Tenía
solamente cuarenta años, pero aparentaba sesenta y cinco. Tomó el nombre
de Biddlebaum de una caja de mercancías que vio en una estación de
carga cuando atravesaba una ciudad al este de Ohio. Tenía una tía en
Winesburg, una mujer de dientes negros que criaba pollos y con quien
vivió hasta que ella murió. Había estado enfermo durante un año tras la
experiencia en Pennsylvania y, después de su recuperación, trabajó como
labriego en los campos, yendo y viniendo con timidez y luchando para
ocultar sus manos. Aunque no comprendía lo que había sucedido, sintió
que sus manos eran las culpables. Una y otra vez los padres y los niños
se habían referido a ellas. “No meta las manos donde no debe”, el
cantinero le había gritado bailando con furia en el patio de la escuela.
En el cobertizo de su casa junto al barranco, Wing Biddlebaum
continuó caminando de un lado a otro hasta que desapareció el sol y el
camino al borde del campo se perdió en las sombras grises. Al llegar a
su casa cortó unas rebanadas de pan y las untó con miel. Cuando el
retumbar del tren nocturno que jalaba los vagones expresos cargados con
la cosecha del día pasó y se restauró el silencio de la noche de verano,
empezó de nuevo a pasear por el porche. En la penumbra no podía verse
las manos y entonces dejaban de moverse. Aunque anhelaba la presencia
del joven, único medio a través del cual expresaba su amor al hombre, su
ansiedad de nuevo se transformó en parte de su soledad y de su espera.
Wing Biddlebaum encendió una lámpara para lavar los pocos platos sucios
de su comida tan simple y, tras instalar un catre junto a la puerta de
alambre que daba al porche, se desvistió para pasar la noche. Quedaron
unas cuantas morusas de pan blanco esparcidas por el piso limpio junto a
la mesa; colocó la lámpara en un banquito y comenzó a recoger las
migajas, llevándose una por una a la boca con increíble rapidez. En la
mancha de luz bajo la mesa, la figura arrodillada parecía un sacerdote
ejerciendo servicio en su iglesia. Los dedos expresivos y nerviosos que
entraban y salían de la luz podrían haberse confundido con los de un
devoto que repasa ágilmente diez tras diez de su rosario.
Sherwood Anderson. Literatura Norteamericana.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Galadriel - Parte 4/1
La noche era roja y se cernía sobre mí desde aquel balcón
donde veía el horizonte cargado de espesa niebla. Las nubes se agolpaban en el
cielo con furia y violencia provocando pequeños truenos. Tras ellas, la luz de
la luna se derramaba, tiñendo todo lo que me rodeaba de ese tono rojizo que
caracterizaba esa extraña noche. El viento movía las ramas de los arboles del
espeso bosque que apenas se veía a lo lejos. Escuchaba con claridad como las
hojas del suelo eran arrastradas cerca de mí, el chasquido de ramas secas al
chocar que provenía de alguna parte en la lejanía. Cerré los ojos, concentrada
en los sonidos de la naturaleza. Me sentía extrañamente bien, demasiado
relajada y tranquila. Sonreí. El viento, de repente, se volvió gélido, trayendo
consigo una advertencia. Abrí los ojos y me encogí, abrazándome a mí misma e intentando
atrapar la calidez que quedaba en mi cuerpo antes de que el frio se apoderara
de mí.
Estaba sola y me di cuenta de que no sabía qué hacía allí. ¿Dónde estoy? ¿Estaré esperando a alguien? No recordaba ni como había llegado ni para qué estaba parada en ese lugar. Quise darme la vuelta, ver lo que tenía tras de mí o simplemente marcharme pero al intentar moverme me di cuenta de que mi cuerpo no me respondía. Comencé a alarmarme y a entrar en pánico. ¿Qué me pasa? Por más que intenté moverme, mis piernas siguieron aferradas al suelo. Un rayo cayó muy cerca y los truenos sucedían ahora uno tras otro sin cesar, vaticinando una inminente tormenta. Pero había algo más. Unos sonidos agudos provenían del cielo y cada vez se escuchaban con más claridad, más cercanos. Alcé la vista sobre mi cabeza para descubrir de donde provenían y fue entonces cuando me estremecí.
Una espesa y oscura nube de cuervos se movía creando un círculo sobre mí. Para mi sorpresa el circulo se hacía más grande a cada instante, como si las aves se multiplicaran. Tenía los ojos muy abiertos, no podía creer lo que veía. Mis músculos se tensaron aunque seguía sin moverme. Los graznidos eran más y más intensos y su vuelo más irregular a medida que el circulo se hacía más grande. Observé con desconcierto y miedo algo que yo jamás había visto ni experimentado. Los cuervos auguran muerte y maldición, pensé. Cerré los ojos y desee que se fueran.
De repente un calor extraño cubrió mi cuerpo poco a poco, sobresaltándome. Abrí los ojos, creyendo que algo me quemaba. Un torrente de sangre espesa y caliente fluía por mi ahora desnudo cuerpo y resbalaba hasta caer al suelo. Quise gritar pero mi boca no emitió sonido alguno. Mis ojos se dirigieron con horror a la nube de cuervos, temiendo que la sangre los atrajera. Los graznidos aumentaron otra vez al notar que los observaba, aunque ahora se movían de una forma más caótica. Grandes cuervos salían de la nube llamando mi atención por su desmesurado tamaño, pero volvían a mezclarse en la espesa oscuridad de su unión. De pronto salió un gran cuervo que atrajo toda mi atención y mis ojos se clavaron sin remedio en él. Me atraía de una forma extraña, como si me hipnotizara. De alguna forma sabía que venía a por mí, y aunque estaba aterrada, una parte de ser que yo no entendía ansiaba que me alcanzara. Ese pensamiento me sorprendió. ¿Es que acaso deseas morir?, me preguntaba. El cuervo desapareció en un abrir y cerrar de ojos, pero sentía que estaba cerca. El calor asfixiante había desaparecido. Me observé de nuevo y vi que la sangre ya no fluía sobre mí, pero había dejado mi cuerpo totalmente cubierto.
Tras un potente trueno comenzó a llover de una forma muy violenta. El sonido de los cuervos desapareció por completo, reemplazado por el ruido del agua cayendo estrepitosamente contra el suelo. Entre el sonido de la lluvia escuché a mi espalda unas alas que cesaban su vuelo, y como si algo me hubiera liberado, mi cuerpo al fin reaccionó. Me giré lentamente para observar lo que tenía detrás. Entre la lluvia, en medio del largo balcón, estaba el cuervo. Mi cuerpo se movió con voluntad propia y empezó a aproximarse lentamente al oscuro animal. El cuervo no se distinguía claramente, pero parecía no moverse. A cada paso que daba se iba revelando cuán enorme era la criatura que tenía frente a mí. La monstruosidad de sus dimensiones me asustaba pero mis piernas seguían caminando hacia él en un acto suicida. Repentinamente alzó el vuelo antes de que lo lograra ver bien y me detuve. Tras unos instantes, algo enorme aterrizó tras mi espalda, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me giré. El enorme cuervo no era sino lo que yo ya temía. Era él. Un rayo surcó el cielo de la noche y nos iluminó. Las plumas negras cubrían la mayor parte de su cuerpo. Su pelo, tan oscuro e intenso como sus plumas, caía por ambos lados de su cara, fusionándose con el resto del plumaje. Sus ojos plateados me miraban intensamente y una sonrisa torcida apareció en sus labios mientras extendía el brazo, pidiendo mi mano. Otra vez mi cuerpo se adelantó y le dio lo que él quería. En ese momento, agarró con fuerza mi mano y me atrajo hacia él. Sus oscuras y enormes alas se curvaron para atraparnos entre ellas, cortándome el aliento con su gélido abrazo.
Fue entonces cuando desperté.
Estaba sola y me di cuenta de que no sabía qué hacía allí. ¿Dónde estoy? ¿Estaré esperando a alguien? No recordaba ni como había llegado ni para qué estaba parada en ese lugar. Quise darme la vuelta, ver lo que tenía tras de mí o simplemente marcharme pero al intentar moverme me di cuenta de que mi cuerpo no me respondía. Comencé a alarmarme y a entrar en pánico. ¿Qué me pasa? Por más que intenté moverme, mis piernas siguieron aferradas al suelo. Un rayo cayó muy cerca y los truenos sucedían ahora uno tras otro sin cesar, vaticinando una inminente tormenta. Pero había algo más. Unos sonidos agudos provenían del cielo y cada vez se escuchaban con más claridad, más cercanos. Alcé la vista sobre mi cabeza para descubrir de donde provenían y fue entonces cuando me estremecí.
Una espesa y oscura nube de cuervos se movía creando un círculo sobre mí. Para mi sorpresa el circulo se hacía más grande a cada instante, como si las aves se multiplicaran. Tenía los ojos muy abiertos, no podía creer lo que veía. Mis músculos se tensaron aunque seguía sin moverme. Los graznidos eran más y más intensos y su vuelo más irregular a medida que el circulo se hacía más grande. Observé con desconcierto y miedo algo que yo jamás había visto ni experimentado. Los cuervos auguran muerte y maldición, pensé. Cerré los ojos y desee que se fueran.
De repente un calor extraño cubrió mi cuerpo poco a poco, sobresaltándome. Abrí los ojos, creyendo que algo me quemaba. Un torrente de sangre espesa y caliente fluía por mi ahora desnudo cuerpo y resbalaba hasta caer al suelo. Quise gritar pero mi boca no emitió sonido alguno. Mis ojos se dirigieron con horror a la nube de cuervos, temiendo que la sangre los atrajera. Los graznidos aumentaron otra vez al notar que los observaba, aunque ahora se movían de una forma más caótica. Grandes cuervos salían de la nube llamando mi atención por su desmesurado tamaño, pero volvían a mezclarse en la espesa oscuridad de su unión. De pronto salió un gran cuervo que atrajo toda mi atención y mis ojos se clavaron sin remedio en él. Me atraía de una forma extraña, como si me hipnotizara. De alguna forma sabía que venía a por mí, y aunque estaba aterrada, una parte de ser que yo no entendía ansiaba que me alcanzara. Ese pensamiento me sorprendió. ¿Es que acaso deseas morir?, me preguntaba. El cuervo desapareció en un abrir y cerrar de ojos, pero sentía que estaba cerca. El calor asfixiante había desaparecido. Me observé de nuevo y vi que la sangre ya no fluía sobre mí, pero había dejado mi cuerpo totalmente cubierto.
Tras un potente trueno comenzó a llover de una forma muy violenta. El sonido de los cuervos desapareció por completo, reemplazado por el ruido del agua cayendo estrepitosamente contra el suelo. Entre el sonido de la lluvia escuché a mi espalda unas alas que cesaban su vuelo, y como si algo me hubiera liberado, mi cuerpo al fin reaccionó. Me giré lentamente para observar lo que tenía detrás. Entre la lluvia, en medio del largo balcón, estaba el cuervo. Mi cuerpo se movió con voluntad propia y empezó a aproximarse lentamente al oscuro animal. El cuervo no se distinguía claramente, pero parecía no moverse. A cada paso que daba se iba revelando cuán enorme era la criatura que tenía frente a mí. La monstruosidad de sus dimensiones me asustaba pero mis piernas seguían caminando hacia él en un acto suicida. Repentinamente alzó el vuelo antes de que lo lograra ver bien y me detuve. Tras unos instantes, algo enorme aterrizó tras mi espalda, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me giré. El enorme cuervo no era sino lo que yo ya temía. Era él. Un rayo surcó el cielo de la noche y nos iluminó. Las plumas negras cubrían la mayor parte de su cuerpo. Su pelo, tan oscuro e intenso como sus plumas, caía por ambos lados de su cara, fusionándose con el resto del plumaje. Sus ojos plateados me miraban intensamente y una sonrisa torcida apareció en sus labios mientras extendía el brazo, pidiendo mi mano. Otra vez mi cuerpo se adelantó y le dio lo que él quería. En ese momento, agarró con fuerza mi mano y me atrajo hacia él. Sus oscuras y enormes alas se curvaron para atraparnos entre ellas, cortándome el aliento con su gélido abrazo.
Fue entonces cuando desperté.
viernes, 31 de mayo de 2013
Erraba solitario como una nube
Erraba solitario como una nube
que flota en las alturas sobre valles y colinas,
cuando de pronto vi una muchedumbre,
una hueste de narcisos dorados;
junto al lago, bajo los árboles,
estremeciéndose y bailando en la brisa.
Continuos como las estrellas que brillan
y parpadean en la Vía Láctea,
se extendían como una fila infinita
a los largo de aquella ensenada;
diez mil narcisos contemplé con la mirada,
que movían sus cabezas en animada danza.
También las olas danzaban a su lado,
pero ellos eran más felices que las áureas mareas:
Un poeta sólo podía ser alegre
en tan jovial compañía;
yo miraba y miraba, pero no sabía aún
cuánta riqueza había hallado en la visión.
Pues a menudo, cuando reposo en mi lecho,
con humor ocioso o pensativo,
vuelven con brillo súbito sobre ese ojo
interior que es la felicidad de los solitarios;
y mi alma se llena entonces de deleite,
y danza con los narcisos.
WILLIAM WORDSWORTH. LITERATURA INGLESA. PERIODO ROMÁNTICO.
que flota en las alturas sobre valles y colinas,
cuando de pronto vi una muchedumbre,
una hueste de narcisos dorados;
junto al lago, bajo los árboles,
estremeciéndose y bailando en la brisa.
Continuos como las estrellas que brillan
y parpadean en la Vía Láctea,
se extendían como una fila infinita
a los largo de aquella ensenada;
diez mil narcisos contemplé con la mirada,
que movían sus cabezas en animada danza.
También las olas danzaban a su lado,
pero ellos eran más felices que las áureas mareas:
Un poeta sólo podía ser alegre
en tan jovial compañía;
yo miraba y miraba, pero no sabía aún
cuánta riqueza había hallado en la visión.
Pues a menudo, cuando reposo en mi lecho,
con humor ocioso o pensativo,
vuelven con brillo súbito sobre ese ojo
interior que es la felicidad de los solitarios;
y mi alma se llena entonces de deleite,
y danza con los narcisos.
WILLIAM WORDSWORTH. LITERATURA INGLESA. PERIODO ROMÁNTICO.
miércoles, 1 de mayo de 2013
La bohème
Estábamos tirados en la ladera de un prado, ni siquiera recuerdo dónde fue exactamente. Era primavera y estábamos rodeados de flores y de intrépidos insectos que amenazaban con romper nuestro infranqueable momento de paz. El sol del atardecer bañaba todo lo que teníamos ante nuestros ojos y nos trasmitía ese calor tan agradable que solo se podía lograr en esa estación de año. Habíamos estado filosofando alegremente sobre una cosa y la otra, aunque yo sabía que ella estaba mal, y aunque le había preguntado repetidas veces, no había accedido a contarme ni una sola palabra. Después de un largo rato en un tranquilo silencio, ella decidió hablar.
- Sé que soy como un animal herido. Ni aunque la más tierna mano se me acercara con una promesa de curación instantánea la aceptaría. Por el contrario, seguramente la mordería, como perro rabioso que soy, y luego la dejaría sangrando y me alejaría.
Yo no contesté, pues sabía que iba a proseguir. Ella seguía con su aire ausente, siempre presente en su rostro, bohemia, y sus ojos me mostraban esa mirada perdida que era más que habitual en ella.
- Simplemente dejaré que el tiempo cure mis heridas, como ya es costumbre, hasta que la costra se seque, se caiga y ya no me vuelva a acordar siquiera del agravio que me la causó.
Yo le creí. No había tenido una vida muy alegre que digamos, aunque ella siempre decía que podría estar peor, que había gente que estaba en peor situación que la suya, y así se auto convencía de que su vida no era tan miserable como realmente era. Pero seguramente lo que le ocurría la hundió, o no sé, porque después de aquella tarde no la volví a ver. Quizá se fue y tuvo una vida feliz en cualquier otro lugar, o puede que esté vagabundeando por alguna calle de alguna ciudad. Sólo sé que después de aquello me sentí como si un animal herido me hubiese mordido y me hubiese abandonado a merced de mi desamparo y mi nostalgia, aunque me gusta pensar que su alma libre sintió la necesidad de marcharse y volar.
miércoles, 17 de abril de 2013
Recuerdos
Y al final las cosas buenas que nos ocurren en el pasado sólo se quedan en eso, recuerdos.
Spring sprouts

Oda a la primavera - Pablo Neruda
Primavera
temible,
rosa
loca,
llegarás,
llegas
imperceptible,
apenas
un temblor de ala, un beso
de niebla con jazmines,
el sombrero
lo sabe,
los caballos,
el viento
trae una carra verde
que los árboles icen
y comienzan
las hojas
a mirar con un ojo,
a ver de nuevo el mundo,
se convencen.
Todo está preparado,
el viejo sol supremo,
el agua que habla,
todo,
y entonces
salen todas las faldas
del follaje,
la esmeraldina,
loca
primavera,
luz desencadenada,
yegua verde,
todo
se multiplica,
todo
busca
palpando
una materia
que repita su forma,
el germen mueve
pequeños pies sagrados,
el hombre
ciñe
el amor de su amada,
y la tierra se llena
de frescura,
de pétalos que caen
como harina,
la tierra
brilla recién pintada
mostrando
su fragancia
en sus heridas,
los besos de los labios de claveles,
la marea escarlata de la rosa.
Ya está bueno!
Ahora,
primavera,
dime para qué sirves
y a quién sirves.
Dime si el olvidado
en su caverna
recibiò tu vista,
si el abogado pobre
en su oficina
vio florecer tus pétalos
sobre la sucia alfombra,
si el minero
de las minas de mi patria
no conociò
más que la primavera negra
del carbòn
o el viento envenenado
del azufre.
Primavera,
muchacha,
te esperaba!
Toma esta escoba y barre
el mundo.
Limpia
con este trapo
las fronteras,
sopla
los techos de los hombres,
escarba
el oro
acumulado
y reparte
los bienes
escondidos,
ayúdame
cuando
ya
el
hombre
esté libre
de miseria,
polvo,
harapos,
deudas,
llagas,
dolores,
cuando
con tus transformadoras manos de hada
y las manos del pueblo,
cuando sobre la tierra
el fuego y el amor
toquen tus bailarines
pies de nácar,
cuando
tú, primavera,
entres
a todas
las casas de los hombres,
te amaré sin pecado,
desordenada dalia,
acacia loca,
amada,
contigo, con tu aroma,
con tu abundancia, sin remordimiento
con tu desnuda nieve
abrasadora,
con tus más desbocados manantiales
sin descartar la dicha
de otros hombres,
con la miel misteriosa
de las abejas diurnas,
sin que los negros tengan
que vivir apartados
de los blancos,
oh primavera
de la noche sin pobres,
sin pobreza,
primavera
fragante,
llegarás,
llegas,
te veo
venir por el camino:
ésta es mi casa,
entra,
tardabas,
era hora,
qué bueno es florecer,
qué trabajo
tan bello:
qué activa
obrera eres,
primavera,
tejedora,
labriega,
ordeñadora,
múltiple abeja,
máquina
transparente,
molino de cigarras,
entra
en todas las casas,
adelante,
trabajaremos juntos
en la futura y pura
fecundidad florida.
temible,
rosa
loca,
llegarás,
llegas
imperceptible,
apenas
un temblor de ala, un beso
de niebla con jazmines,
el sombrero
lo sabe,
los caballos,
el viento
trae una carra verde
que los árboles icen
y comienzan
las hojas
a mirar con un ojo,
a ver de nuevo el mundo,
se convencen.
Todo está preparado,
el viejo sol supremo,
el agua que habla,
todo,
y entonces
salen todas las faldas
del follaje,
la esmeraldina,
loca
primavera,
luz desencadenada,
yegua verde,
todo
se multiplica,
todo
busca
palpando
una materia
que repita su forma,
el germen mueve
pequeños pies sagrados,
el hombre
ciñe
el amor de su amada,
y la tierra se llena
de frescura,
de pétalos que caen
como harina,
la tierra
brilla recién pintada
mostrando
su fragancia
en sus heridas,
los besos de los labios de claveles,
la marea escarlata de la rosa.
Ya está bueno!
Ahora,
primavera,
dime para qué sirves
y a quién sirves.
Dime si el olvidado
en su caverna
recibiò tu vista,
si el abogado pobre
en su oficina
vio florecer tus pétalos
sobre la sucia alfombra,
si el minero
de las minas de mi patria
no conociò
más que la primavera negra
del carbòn
o el viento envenenado
del azufre.
Primavera,
muchacha,
te esperaba!
Toma esta escoba y barre
el mundo.
Limpia
con este trapo
las fronteras,
sopla
los techos de los hombres,
escarba
el oro
acumulado
y reparte
los bienes
escondidos,
ayúdame
cuando
ya
el
hombre
esté libre
de miseria,
polvo,
harapos,
deudas,
llagas,
dolores,
cuando
con tus transformadoras manos de hada
y las manos del pueblo,
cuando sobre la tierra
el fuego y el amor
toquen tus bailarines
pies de nácar,
cuando
tú, primavera,
entres
a todas
las casas de los hombres,
te amaré sin pecado,
desordenada dalia,
acacia loca,
amada,
contigo, con tu aroma,
con tu abundancia, sin remordimiento
con tu desnuda nieve
abrasadora,
con tus más desbocados manantiales
sin descartar la dicha
de otros hombres,
con la miel misteriosa
de las abejas diurnas,
sin que los negros tengan
que vivir apartados
de los blancos,
oh primavera
de la noche sin pobres,
sin pobreza,
primavera
fragante,
llegarás,
llegas,
te veo
venir por el camino:
ésta es mi casa,
entra,
tardabas,
era hora,
qué bueno es florecer,
qué trabajo
tan bello:
qué activa
obrera eres,
primavera,
tejedora,
labriega,
ordeñadora,
múltiple abeja,
máquina
transparente,
molino de cigarras,
entra
en todas las casas,
adelante,
trabajaremos juntos
en la futura y pura
fecundidad florida.
domingo, 7 de abril de 2013
La máscara de la muerte roja - Edgar Allan Poe
Aquí os dejo el cuento completo en español. Espero que os guste tanto como me gustó a mí.
La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz.
Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y
damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus
abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido
creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y
altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una
vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los
cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los
súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente
aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el
contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era
una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los
placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y
vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la
Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y
cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a
sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero
permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una
serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de
salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren
hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de
la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del
amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal
irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o
treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A
derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica
daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las
ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la
decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental
tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda
estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran
púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta
había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la
sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de
colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en
pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara
el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran
escarlata, tenían un color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que
aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no
había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o
arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada
ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos
se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente
cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como
fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a
través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías
colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración
tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo
bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del
poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con
un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su
circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un
tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales
que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir
momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes
cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre
sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del
reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más
edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una
confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo,
livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como
sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el
siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al
cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj
daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la
meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El
príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles
a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes
eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor.
Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era
así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo
estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la
decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado
la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el
brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de
arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes,
como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de
un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en
todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la
extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento
de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz
del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del
tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias
sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los
sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los
rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se
aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de
color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para
aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un
ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras
entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde
afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su
torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj
anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las
evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en
todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas,
y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las
meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la
fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del
carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes
tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta
entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un
susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que
expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia.
En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que
una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno
de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba
e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En
el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción.
Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente
un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes
parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no
revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la
cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía
de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más
detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto,
aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz.
Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte
Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el
rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la
espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar
relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer
momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su
frente enrojeció de rabia.
-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los
cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla
blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién
vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se
hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y
claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y
robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase
el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un
movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su
alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible
aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los
cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin
impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta
concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió
andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el
principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la
púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de
allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas
entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su
momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin
que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en
mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura,
que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de
terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo
grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el
príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la
desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al
apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la
sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir
que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no
contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja.
Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en
las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada
actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de
aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas,
y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
lunes, 25 de marzo de 2013
Galadriel - parte 3
http://www.youtube.com/watch?v=lcVhDrjm9zw
Galadriel permaneció en pie durante unos segundos observando a Galatea, que seguía inmóvil en el suelo tras la caída. Con un movimiento rápido Galadriel la agarró fuertemente del brazo, arrastrándola por el camino que ella había trazado hacía tan solo unos segundos antes en busca de su liberación. Él caminaba con rápidas zancadas y los pies de ella torpe y fallidamente buscaban el suelo para ponerse de pie. Con el fallido intento de huída estaba presa otra vez. El dolor por el fracaso y por la mano aferrada con fuerza a su brazo le hacía gritar mientras retorcía su cuerpo que reptaba sobre la alfombra del suelo, escaleras arriba. Sus alaridos retumbaban en los muros de piedra, haciendo eco en los rincones de aquel desierto y siniestro lugar que prometía ser su tumba. Finalmente, entraron a una habitación y él la soltó bruscamente sobre el suelo, haciendo que se golpeara al caer. La había dejado frente a una gran chimenea encendida que producía la luz de la instancia, haciendo un juego de sombras en ella con el movimiento del fuego que le confería aspecto tenebroso. La habitación era grande, de techos altos y colores intensos. Lo que más destacaba de la sala era una gran cama con dosel, cortinas rojo oscuro con columnas salomónicas talladas en madera oscura en cada esquina. Una parte de la pared era un vitral medio cubierto por grandes cortinas. La vidriera era de colores morados, azules, rojos y amarillos con una puerta de cristal de los mismos colores en el centro. Tras ella se filtraba vagamente la luz de la luna.
Galatea logró incorporarse y sentarse en el suelo. Miró a Galadriel, que ahora la observaba desde su imponente altura con el ceño fruncido, apretando la mandíbula.
- ¿Cómo has logrado salir de la habitación donde te dejé? – Espetó Galadriel con voz grave.
Galatea se quedó callada durante unos pocos segundos, dudando en contestar o no hacerlo. El sonido del fuego consumiendo la madera llenaba el silencio que había en la habitación. Por un momento se le pasó por la cabeza Rafael, el hermano de Galadriel que había conocido en la otra habitación. Estaba casi segura de que le había dejado la puerta abierta a propósito, aunque no entendía el por qué. También recordó lo que le dijo sobre las pertenencias de un vampiro, lo que era de un vampiro era intocable. Por el trato que había hecho, ella pertenecía ahora al vampiro que tenía delante. No quería inculpar a Rafael por facilitarle la huída, pero si no tenía otra alternativa lo haría.
- Dejaron la puerta abierta – Dijo Galatea en un susurro, sin mencionar culpables.
Galadriel enarcó una ceja. Tenía la mandíbula apretada, marcando su pronunciado mentón.
- Es obvio que saliste por la puerta. Lo que te estoy preguntando es quién la abrió - contestó él en un tono más urgente y alterado.
Galatea lo sentía por Rafael. Había intentado ayudarle y estaba agradecida por ello, pero no quería enfurecer al vampiro que tenía delante intentando eludir lo que quería escuchar.
- Tu hermano, Rafael, fue a la habitación. Tras marcharse comprobé si la puerta estaba abierta y al estarlo salí.
Galadriel se llevó la mano al pelo, cerrando los ojos y apretando los labios que ahora formaban una línea recta.
- ¡Maldito Rafael! – Gruñó casi gritando. Se dio la vuelta y se alejó de ella, caminando hacia el otro extremo de la habitación - No te muevas de ahí o te atraparé antes de que des un paso – y desapareció por una puerta que había junto a la cama antes de que Galatea pudiera articular palabra.
Al poco salió. Se había quitado las ropas manchadas de sangre y las había sustituido por una armadura fina de cuero negro. Llevaba brazaletes de cuero negro tachonado que le cubrían desde la muñeca hasta el codo y se había cubierto con una capa oscura. El pelo negro largo caía por ambos lados de su cara y avanzaba con el ceño fruncido hacía Galatea, que permanecía sentada en el suelo frente a la chimenea, escudriñando con sus ojos metálicos que no se hubiera movido ni un solo centímetro.
- Ponte esto – le dijo tirándole encima un vestido verde intenso y una capa negra aterciopelada – Tengo que irme y tú vendrás conmigo.
Galatea miró la ropa que tenía entre las manos con el ceño fruncido. Enseguida se relajó al saber que seguiría viva un poco más. Alzó otra vez la mirada hacia Galadriel.
- ¿Qué hay de mi hermana? – Le preguntó con voz urgente.
- ¿Debería acaso contestarte esa pregunta, humana de osada lengua, después de haberte encontrado huyendo y rompiendo el acuerdo que tenía contigo? – dijo Galadriel con el tono airado y burlón, acercándose a ella mientras sonreía sardónicamente - Si tuviera tiempo te aseguro que ya no estarías respirando, pero desgraciadamente tengo que gastarlo en arreglar los problemas que me ha supuesto cumplir con mi parte. Ponte eso. – Le dio la espalda y se alejó hacia la puerta – Si hubiera sabido los problemas que das, te habría eliminado en cuanto entraste por la puerta. – Y cerró la puerta tras de sí de un portazo.
Un pantagruélico carruaje de color oscuro les esperaba en la puerta del hall. Era prácticamente hermético, excepto por unas pequeñas ventanas que habían en cada puerta. La parte baja tenía motivos dorados y negros y en la puerta se podía leer “DOMUS UMBRAS” en letras negras que apenas se distinguían del color del carruaje. La parte alta se formaba por una línea curva y dorada de la cual cada pocos centímetros se erigían puntiagudas formas.
Tras montarse, el carruaje empezó a moverse con velocidad. Galadriel miraba distraído por la ventana, pero el ambiente para Galatea era más tenso, el silencio la incomodaba y miraba a Galadriel fijamente sin ser consciente de ello, pensando en lo que le había dicho antes de dejar la habitación. ¿Entonces había sacado a su hermana de allí? ¿Estaría viva? Recordó que llevaba sangre en la camisa cuando volvió. ¿Sería sangre de su hermana?
- ¿Está viva? – dijo Galatea casi en un susurro interrumpiendo el incómodo silencio y los pensamientos de Galadriel, que ahora la miraba fijamente desde el asiento paralelo.
Después de esperar una respuesta tras varios segundos, Galatea continuó:
- Se que no debería haber huido. Haberlo intentado no dice mucho de mí ni de mi palabra, que supongo que piensas que no tiene valor. Pero ¿qué habrías hecho tú o cualquier otro teniendo la oportunidad? Intentar salvarme de un futuro incierto, por no decir inexistente, es un instinto que estoy acostumbrada a seguir – hizo una pausa, escudriñando el rostro de su acompañante y volvió a hablar – No estoy excusándome. Soy perfectamente consciente de todo lo que suponía ayudarme, lo que acordamos y lo que he hecho después, pero al menos quiero saber la respuesta; eso fue lo que me trajo hasta aquí.
Galadriel seguía sin contestar. Tenía el gesto inexpresivo, pero la miraba fijamente. Ella también lo miraba, jadeante y ansiosa por el discurso que acababa de soltar y por la expectación ante su respuesta. Al cabo de unos segundos Galadriel volvió a mirar por la ventana y contestó:
- Si, está viva. La liberé y salió corriendo en cuanto pudo – Volvió la cabeza para mirarla, alzando una ceja y con el gesto serio – Costumbre que al parecer compartís las dos hermanas.
Galatea suspiró aliviada, aunque no sabía cómo encajar la última frase. Decidió calmarse y no contestar, ya había obtenido la respuesta que quería.
- ¿Cómo sabías que estaban allí exactamente? – Preguntó curioso, como si acabara de caer en la cuenta de ello – Esa clase de gente no suele quedarse mucho tiempo en el mismo sitio por miedo a ser descubiertos.
Galatea bajó la vista y empezó a alisar el vestido con las manos. Estaba incómoda por la pregunta. Tomó una bocanada de aire y volvió a mirarle.
- A mí también me tenían en ese lugar, aunque estuve poco tiempo. Mi hermana y yo vivimos solas. Entraron por la noche mientras dormíamos, nos amordazaron y desvalijaron cualquier objeto que tuviera algo de valor de nuestra casa. No sé por qué pero nos llevaron con ellos hasta allí. A mí no me ataron bien y pude escapar, pero no pude liberar a mi hermana. Eso fue hace unos días, y desde entonces he estado vagando en busca de ayuda. Nadie ha querido ayudarme. Hasta ahora.
Galadriel no contestó. La miraba sorprendido. Dirigió su mirada otra vez hacia la ventana, observando la penumbra de la noche. Se escuchaba el sonido del viento al mover bruscamente las ramas de los arboles del exterior y el golpeteo de las ruedas contra las piedras del camino.
- He de agradecerte que me ayudaras – prosiguió Galatea - Sé que no debería haber intentado escapar pero sobrevivir es un objetivo mayor; mayor que cumplir con cualquier acuerdo. Tú has cumplido con tu parte del trato y yo ahora cumpliré con la mía – Y las últimas palabras sonaron como un juramento. Lo que acababa de decir era su declaración de rendición, la resignación ante cualquier idea de escapar y salvarse.
Una sonrisa sardónica y torcida apareció en los labios de Galadriel, que había vuelto sus ojos otra vez en ella.
- No tienes otra opción. Cuando sellaste el trato conmigo sellaste tu destino. Ahora me perteneces – se detuvo para contemplar la mirada estupefacta de Galatea y continuó - Si hubieras logrado escapar hubiera ido tras de ti, y he de decir que con malas consecuencias. Yo siempre me salgo con la mía. Siempre – dijo recalcando con voz grave el último “siempre”.
Galatea lo miraba abrumada. Sus palabras llevaban implícita una carga amenazante y el ambiente se había tensado. No dijo nada más el resto del camino. Giró la cabeza para mirar por la ventana, contemplando el cielo de la noche ahora despejada, y así, no mirarle a él.
Entraron a una ciudad amurallada. Las calles estaban desiertas, excepto por guardias y alguna que otra sombra que cruzaba rápidamente por la calle. Tras unos minutos de trayecto, las calles empezaron a estrecharse y se adentraban en una parte más profunda de la ciudad. El carruaje amenazaba con colisionar con los muros más próximos por la velocidad que llevaba, hasta que finalmente se detuvo en medio de una de ellas.
- Vamos – Dijo Galadriel, levantándose para salir del carruaje – Y una cosa, ni se te ocurra alejarte de mí. No es una orden, sino más bien una sugerencia.
Galatea lo miró desconcertada, preguntándose donde estarían. Le siguió sin contestarle, abandonando el carruaje que salió disparado por la estrecha calle, desapareciendo en pocos segundos.
La calle estaba tenuemente iluminada por candiles adheridos a los muros. Se escuchaban débiles y difusos ruidos que retumbaban en las paredes, voces amontonadas y mezcladas con música.
- ¿Adónde vamos? – preguntó ella.
- A una taberna nocturna.
Galadriel avanzó hacia el edificio que tenía enfrente, con Galatea pegada a sus talones. Abrió la puerta grande de madera y entraron en una angosta sala donde sólo había una escalera de piedra hacia abajo y una puerta a la izquierda. Bajaron dos pisos por las escaleras de piedra y al llegar al rellano un hombre alto y ancho vestido de negro salió de un rincón sin luz y se apresuró a abrir otra gran puerta de madera, inclinando la cabeza al pasar Galadriel.
Entraron a una gran sala atestada de gente. La música que inundaba la sala provenía del centro de la sala, donde los músicos tocaban absortos en su tarea. La música se mezclaba con las voces y las risas, y la melodía resultante era una mezcla agitada. La luz del lugar era tenue y el color azul oscuro de los murales de la pared hacía de la estancia un lugar sombrío, contrastando con la bulla y el espíritu ocioso de las personas de la sala. Grandes telas colgaban aleatoriamente desde el techo alto hacia el suelo y dividía la gran sala en varias zonas. A Galatea le sobresaltó el ruido y el tumulto de gente y comenzó a caminar despacio y con cautela mientras seguía a Galadriel. Empezó a mirar de un lado a otro, observando a las personas de aquel sitio. Bastantes estaban ebrios, se movían torpemente y hacían escándalo. La mayoría de ellos lucían trajes ostentosos y elegantes. Sus manos estaban ocupadas con copas y sus rostros se cubrían disfrazados con máscaras. A la izquierda se extendía la gran barra de la taberna.
Mientras seguía caminando hacia delante, Galatea se percató de que algunas miradas se habían clavado en ella desde que entró al lugar y empezó a sentirse incómoda. Una corazonada le hizo mirar hacia atrás, y al girar la cabeza descubrió que una mujer le seguía por detrás, sonriéndole de una forma extraña, acercándose cada vez más rápido. Ella conocía esa clase de mirada, y al caer en la cuenta, una punzada de adrenalina le recorrió la espalda. Galatea ya conocía esa aura y esa misma mirada intensa y predadora, y enseguida supo que había más vampiros mezclados entre la gente. Recordó lo que le había dicho Galadriel en el carruaje antes de salir de él y ahora entendía a lo que se refería. Galatea miró hacia delante y se percató de que había perdido a Galadriel, que ya no caminaba delante de ella.
La sangre se le aceleró y empezó a caminar con rapidez hacia delante, buscando a Galadriel. Lo había perdido totalmente de vista y empezó a agobiarse al verse perdida en ese lugar. Miró hacia atrás y la mujer seguía ahí, sonriéndole de esa forma extraña y cada vez más cerca. No sabía lo que quería, pero tampoco quería parar a preguntarle. Empezó a girar y a dar vueltas por la sala, intentando eludir a la mujer que le perseguía, mezclándose entre la gente, esperando encontrarse con Galadriel. El tiempo se le pasó como una eternidad, miraba continuamente hacia atrás, hasta que se aseguró de que la mujer ya no le seguía. No sabía dónde estaba y el alboroto al que no estaba acostumbrada había empezado a superarle. Cada vez se movía con más rapidez por la sala, ansiando encontrar a su acompañante. Jadeante por la ansiedad, siguió moviéndose hasta que llegó al fondo de la parte izquierda de la sala donde apenas había gente. De pronto se sintió acorralada, y un sentimiento de alarma le recorrió la espalda. Desde atrás una mano agarró su brazo y la hizo girar bruscamente. Galatea se asustó y emitió un grito agudo que se perdió entre las risas y el sonido de la música.
- Te había dicho que no te alejaras, maldita sea – Galadriel la tenía agarrada por los brazos muy cerca, apretando con demasiada fuerza y gruñendo en voz grave las palabras, clavando sus ojos plateados en los azules de ella. Tenía el ceño fruncido y el gesto exasperado – Estás acabando con la poca paciencia que tengo – espetó secamente. Giró sobre sus talones, y con uno de los brazos de ella aún agarrado con fuerza, se dirigió caminando a grandes zancadas hacia el otro extremo de la taberna.
Llegaron al fondo de la parte derecha de la taberna donde había pequeñas salas con forma de arco que servían de zonas privadas. Estaban separadas del resto de la taberna por una doble altura y cortinas del mismo tipo que había por el resto de la taberna. Galadriel se encaminó con paso firme hacia una de las salas que tenía las cortinas cerradas y violentamente abrió la cortina con una mano, sobresaltando a sus ocupantes.
En ella había dos mujeres y un hombre entre ambas. La sala era bastante pequeña, ajustada al espacio que requería la mesa redonda que había en el centro de ella y los asientos de la misma. Las mujeres se relajaron al ver que el intruso era Galadriel y el hombre emitió una pequeña carcajada.
- Laica. Sira – Galadriel saludó fugazmente a las dos mujeres que contestaron al saludo con la cabeza y luego se dirigió al hombre – Adam tengo que hablar contigo.
- Cómo no, hermano. Si no, no te habrías molestado en venir hasta aquí. – Bromeó Adam, que sonrío y se levantó para estrecharle el brazo a su hermano en un saludo – Por cierto, deberías practicar lo de llamar antes de entrar – dijo en tono divertido, sonriendo a su hermano.
Adam compartía casi los mismos rasgos físicos que Galadriel. Aparentaba aproximadamente la misma edad, era alto y delgado, de espalda ancha y ojos plateados. Su mentón era pronunciado y su nariz recta. A diferencia de Galadriel, éste tenía el pelo castaño y menos largo, junto con un aire más refinado y elegante. Las dos mujeres eran morenas y de piel pálida, suntuosas y con el pelo arreglado en un enorme recogido de rizos y tirabuzones. La más cercana a Adam parecía ligeramente mayor que la otra, con rasgos más suaves y un lunar en la mejilla.
- ¡Vaya! Pero si traes compañía, qué sorpresa – dijo Adam con entusiasmo. Sus ojos se posaron intensamente en Galatea durante unos segundos – Preséntame a tu bella acompañante ¿no? – dijo con una sonrisa torcida.
Galadriel lo miró apretando las mandíbulas mientras las mujeres contemplaban la escena con ojos y oídos curiosos. Galadriel no articulaba palabra ni se movía así que Galatea se irguió y se adelantó para no seguir a su sombra.
- Mi nombre es Galatea – dijo al final Galatea, presentándose por sí misma.
Adam la miraba con gesto divertido y giró la cabeza para mirar la reacción de su hermano, que miraba a Galatea con el ceño algo fruncido.
- Mucho gusto, Galatea – le contestó con una sonrisa y miró a la mujer del lunar en la mejilla – Laica, ¿podrías llevarte a Galatea para que le atienda alguno de tus taberneros? Seguro que esta sedienta por el viaje.
- Claro. Traeremos también algo para Galadriel – Laica se levantó rápidamente, comprendiendo las intenciones de Adam - Vamos Mira. Galatea, ven conmigo por favor.
La mujer más joven se levantó y buscaba la mirada de Galadriel mientras caminaba hasta la salida, pero éste la tenía clavada en su hermano. Las tres abandonaron la sala y Galadriel tomó asiento junto a su hermano.
- ¿Cómo es que has traído a la humana aquí? Me tienes sorprendido – dijo Adam.
- Vino a buscar ayuda para liberar a su hermana – Galadriel sorbió de la copa de su hermano - Hicimos un acuerdo y ya puedes imaginarte el resto. Me la he traído porque ha intentado escapar y no podía dejarla sola otra vez. Ella no es de importancia, el problema está en que liberando a su hermana maté a hombres de Narciso.
- ¿De Narciso? – Contestó Adam, sorprendido - ¿Estaban en nuestro dominio o fuera?
- Estaban dentro de los límites de nuestro dominio, bastante cerca del castillo además. No sé qué harían aquí pero esto no huele bien. Narciso no nos dijo que tendría a sus hombres por aquí, cuando debe pedir permiso o al menos informar. Y otra cosa es que he matado a todos ellos menos a uno. Si el que quedó vivo no me reconoció puede que incluso Narciso venga a pedir cuentas por haber perdido hombres en nuestro territorio. Ese cabrón es muy impredecible – Galadriel movía la copa, observando su contenido mientras hablaba - No descubrí el anillo hasta que lo vi en la mano de uno de los cadáveres que yacía en el suelo.
- Bueno – dijo Adam pensativo – puede que no pase nada. Aunque ya sabemos conocemos a Narciso. Si no se entera de que los has matado tú mismo nos pedirá algo desmesurado a cambio de los hombres que ha perdido, aunque realmente no es nuestro problema. Lo malo sería que supiera que has sido tú, que entonces el agravio aumentaría. Si controla una de las casas vampíricas más importantes es por algo, y no es precisamente por dejar pasar las cosas.
Laica y Galatea irrumpen en la sala. Laica pone una copa delante de Galadriel y se dirige otra vez a la salida.
- Adam, estaré fuera – Adam asintió y le dirigió una sonrisa - Galadriel, Galatea ha sido un placer veros – y desapareció cerrando la cortina.
La sala se queda en silencio unos instantes. Galadriel mira a Galatea que está sentada a su lado y vuelve la vista hacia su hermano, siguiendo con la conversación.
- Primero tendrá que decirme que hacían sus hombres merodeando tan cerca de mi casa, en mi dominio, robando e incluso raptando gente a su paso, llamando demasiado la atención. Los dominios se establecieron por algo, no pueden pasearse así porque si por el dominio de otro nocturno ni ocasionar ningún desorden a no ser que se tenga su consentimiento, esto no es nuevo. Yo no he dado consentimiento para nada así que no me importa haberle quitado algo de su propiedad, no pienso darle nada a cambio a no ser que tenga algo interesante que decirme – La voz de Galadriel sonaba grave y alterada.
- Galadriel, si Narciso se pusiera en contacto contigo tómatelo con calma, no desencadenes ninguna disputa. Me costó mucho conseguir que nuestra casa estuviera en un estado neutral con la de ese viejo loco. Además, ya te he dicho que quizá no pase nada. Todo esto es raro, si, pero tenemos que asegurarnos antes de dar nada por sentado.
- Bueno – Galadriel se había calmado notablemente. Se pasó una mano por el pelo, pensativo - Contacta con Ofelia, a ver si ella ha visto a Narciso últimamente o ha oído algo de él. Llama al clan de Oliver, que regresen y se instalen en el castillo para buscar intrusos dentro de nuestro dominio. No creo que haya nadie más, pero prefiero asegurarme antes de que Narciso contacte conmigo. Si lo hace.
- Bien. En cuanto consiga encontrarlos iré al castillo. Dejaré a Laica encargada aquí en la ciudad mientras yo no estoy. Avisa a Rafael.
- Bien – dijo Galadriel levantándose – me voy entonces. Nos veremos allí. Vámonos – dijo dirigiéndose a Galatea.
- Galatea, ¿puedes esperar un momento fuera, por favor? – le dijo Adam sonriéndole.
- Claro – dijo ella, subiendo la doble altura y moviendo la pesada cortina para salir.
- ¿Qué pasa? – dijo Galadriel desconcertado.
- No puedes hacer con ella lo que tienes pensado ¿me comprendes?
Galadriel alzo una ceja, estupefacto.
- ¿Qué se supone que debería hacer con ella según tú?
Adam no le contestó. Su respuesta era una sonrisa que su hermano conocía bastante bien.
- Y ¿por qué debería hacer lo que me pides exactamente? – continuó Galadriel con voz cansada.
- ¿Vas a cuestionarme siempre? – Dijo Adam divertido – Sabes que tengo una razón, sino no te diría algo así. Lo que haces con tus humanos es asunto tuyo, pero veo cosas que tú no ves y he visto algo bastante interesante en ella. El destino os ha traído aquí, juntos. Estáis ni más ni menos que donde debéis ¿Sabes lo que quiero decir?
- Déjate de acertijos y explícate.
- Su energía me es familiar. Es tan oscura y poderosa como la tuya. Sois muy parecidos Galadriel, os movéis por la misma fuerza. Eso fue la causa de que llegara hasta nosotros – Adam estaba más serio – Tengo curiosidad por ver lo que Numen hará con ella.
Se tenía la creencia de que existía una misteriosa fuerza etérea a la que se le llamaba Numen. Se encargaba de dar equilibrio al mundo, aunque no se tenía certeza de lo que era exactamente. Sólo se sabía que actuaba de una forma imprevista y de formas distintas dependiendo cada ser, dotando a veces de dones o habilidades o degradando al ser en concreto. Se creía que esa fuerza había creado la magia e incluso a los primeros vampiros.
Galadriel cerró los ojos e hizo una mueca con los labios, sopesando sobre lo que acababa de decirle su hermano.
- Me voy – dijo tras unos segundos – Te veré pronto - Galadriel se giró y salió rápidamente de la pequeña sala.
El camino de vuelta al castillo sucedió en silencio. Galadriel había pasado la mayor parte del trayecto observando a Galatea, que se movía incómoda en su asiento a causa de tanta atención. Finalmente, el carruaje los dejo en la puerta del hall.
- Sígueme – dijo Galadriel con voz grave y seca.
Galatea lo siguió por el hall y por el gran salón, sintiéndose observada mientras caminaba, aunque aparentemente no había nadie. Subieron las escaleras hasta la habitación donde había estado con Galadriel unas pocas horas antes. El fuego de la chimenea seguía encendido y desplegaba el mismo juego de sombras por toda la habitación. Galadriel se desabrochó un cinturón del que colgaba una pequeña daga y lo dejó sobre una mesa. Se giró y se acercó a Galatea que estaba parada frente al fuego. El corazón de ella empezó a acelerarse con rápidas palpitaciones. Galadriel sonreía al ver la cara de expectación y miedo de Galatea conforme se acercaba a ella. Cuando estuvo casi rozando su cuerpo con el de ella se detuvo y alzó las manos. Galatea cerró los ojos y tragó saliva. Su corazón latía con más intensidad. Galadriel dirigió sus manos hacia la base del cuello de ella, y con un leve tirón, desató el nudo de la capa de Galatea. Galatea abrió los ojos al sentir la suave tela cayendo hasta las manos de Galadriel, que la arrojó sobre una de las sillas que había en la habitación.
- Espérame ahí fuera – dijo él con voz grave mientras señalaba la puerta de la vidriera que ocupaba parte de la pared.
Galatea lo miró con ojos de resignación y asintió. Al abrir la puerta de la gran vidriera descubrió una enorme terraza con forma ovalada. La luna la iluminaba y desde allí se escuchaba el azote del viento sobre los arboles del paraje que rodeaba al castillo. Caminó por la terraza para acercarse a la balaustrada que lo delimitaba y mirar hacia abajo. Una gran explanada se extendía por lo que era la parte trasera del castillo. El terreno estaba compuesto por varias zonas, unas eran de tierra y en otras había abundante vegetación y jardines que trazaban caminos con diversas formas. En el límite izquierdo de la explanada había una pequeña capilla. El final de la explanada era un gran precipicio que separaba dicha explanada de la más absoluta oscuridad del profundo acantilado. Más allá del barranco había oscuras montañas que rodeaban el resto del paisaje.
- ¿Estas preparada para dejar esto? – la voz grave de Galadriel sobresaltó a Galatea, que cerró los ojos y apretó los labios. Galadriel se acercaba por su espalda pero Galatea no se giró a recibirle.
- ¿Acaso tengo otra opción? – contestó seriamente ella mientras abría de nuevo los ojos, pronunciando las palabras que él le había dirigido mientras iban a la ciudad.
Galadriel finalmente llegó a su lado, sin decir nada y comenzó a observarla. El cabello castaño claro y largo caía por su espalda sobre el vestido verde intenso. Tenía la mirada clavada en el horizonte, decidida y solemne.
- Aunque he intentando escapar de mi destino no lo he conseguido. Supongo que así es como debe ser – siguió ella, reflexionando en voz alta – Una vida por otra. Un intercambio que vale la pena.
Galadriel la contemplaba. Se giró hacia ella y ella lo miró.
- Veamos si vale la pena – dijo Galadriel acercándose más a ella, dedicándole media sonrisa torcida, mirándola fijamente con sus ojos plateados, contestándose a sí mismo a sus propios pensamientos.
Tomó la cabeza de ella con una mano, girándola hacia un lado. Con la otra la agarró de la cintura y la aprisionó contra su cuerpo. En un instante, la cara de Galadriel cambió. Ahora un monstruo la miraba, con los colmillos expuestos y la cara deformada, diabólica. Galatea emitió un grito al ver la demoniaca cara del monstruo que tenía delante, hasta que el vampiro se abalanzó sobre su cuello y empezó a desangrarla.
Galatea sentía su vida correr por sus venas hasta la boca del nocturno. Se estaba debilitando a cada segundo. Sentía cómo la vida se le escapaba, el calor de su cuerpo, el aire. Hasta que finalmente la vista se sumió en tinieblas.
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